El episodio protagonizado por los Brownlee está en la memoria de todos los aficionados.

Llegar a meta desmayado… ¿Heroicidad o temeridad? | Opinión

Un tipo llamado Artur Burtsev encaraba los últimos metros de una competición que lideraba en Yakutia, república rusa en territorio asiático. Visiblemente mareado, con evidentes síntomas de desmayo inminente, sufría un desfallecimiento poco antes de cruzar la línea de meta. Por suerte no cayó al suelo, pues su madre llegó a tiempo para sostenerle. Hacía 36 grados, una temperatura inusual para una de las regiones más frías del mundo. Quizá fueron las condiciones meteorológicas, tal vez una mala hidratación o simplemente su cuerpo alcanzó el límite. En cualquier caso, Burtsev fue descalificado por recibir ayuda externa, aunque es lo de menos.

Su episodio se viralizó en Internet hace unas semanas, pero no es un suceso aislado. Y es que, con frecuencia, vemos en televisión o en redes sociales imágenes de corredores, normalmente fondistas, maratonianos o ultreros, llegando a la línea de meta prácticamente inconscientes. Cualquier aficionado al atletismo habrá visto en más de una ocasión la espeluznante imagen de la suiza Gabriela Andersen en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. La llegada más agónica de la historia. Deshidratada, prácticamente inconsciente, «caminando de lado», completaba los últimos metros del maratón ante la mirada atónita de los presentes. Nadie la detuvo y su nombre pasó a los anales del deporte. En las crónicas deportivas siempre fue tratada como una heroína. De hecho, son mayoría los que recuerdan su nombre y no el de la ganadora de aquel maratón. Paradójico.

Otro de los casos más conocidos y recientes fue el protagonizado por los carismáticos hermanos Brownlee. Jonathan, líder de la copa del mundo de Triatlón, sufría un golpe de calor a 200 metros de la meta. Un empleado de la organización le agarró evitando que cayera desplomado al suelo, hasta que, segundos después, su hermano Alistair (campeón olímpico en Río 2016), llegaba por detrás y se lo «colgaba al hombro» para llevarle, literalmente, a rastras hasta la meta.

La escena, inolvidable para los aficionados, pone los pelos de punta. Y sirve de acicate para reabrir el debate sobre la delgada línea que separa la heroicidad de la insensatez. E incluso de la necedad, si me permiten la expresión. ¿Compensa llegar a la meta en esas condiciones? ¿Por qué se prioriza el objetivo deportivo a la propia salud? ¿De verdad merece la pena arriesgar tanto, incluso nuestra propia vida, solo por terminar?

Quizá ha llegado el momento de reflexionar sobre ello y detenernos a analizar qué trae peores consecuencias: retirarnos de una competición deportiva o llevar al organismo más allá de lo soportable. El que escribe estas líneas lo tiene claro: no existe carrera ni premio económico que compense jugar así con la salud. Ni siquiera una medalla olímpica. Porque llegará el día en que veamos a un atleta cruzar la meta en ese estado «fantasmal», le aplaudiremos como a un héroe y lo lamentaremos poco después porque su cuerpo no reacciona. Y entonces cambiaremos el discurso de la épica por el de la prudencia. Pero, para quien lo sufra, ya será tarde.

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