Las excusas del corredor: cuando el mayor talento lo tenemos en no entrenar

las excusas del corredor

Tengo zapatillas para rodajes, para series, para competir y para correr por montaña. Tengo un reloj que sabe cuándo he dormido mal antes de que yo abra los ojos. Tengo camisetas suficientes para vestir a los participantes de una carrera. Y, aun así, hay días, demasiados, que no encuentro lo único que necesito para salir a correr: las ganas. Para justificarlo, eso sí, voy sobrado de excusas. Y es que las excusas del corredor son inagotables.

Escribo desde el sofá, con el ordenador en las piernas, justo antes de auto convencerme que escribir este artículo es mejor opción que salir a correr. Es cierto que hay días en los que la vida no deja espacio para correr. Pero también hay muchos momentos en los que podríamos salir y preferimos convencernos de que hacer otra cosa  es la mejor opción.



Primera excusa: No tengo tiempo

Has visto tres vídeos sobre cómo mejorar la técnica de carrera, una comparativa de ocho zapatillas y a un señor explicando por qué llevas veinte años respirando mal. Después has entrado en una tienda para comprobar si estaban rebajadas aquellas zapatillas que tanto deseas. No lo estaban. Has mirado en otras cuatro. Entre una cosa y otra, se te ha pasado la tarde. Es verdad: ya no tienes tiempo para correr. Lo has gastado todo en ser runner.

Segunda excusa: Estoy cansado

Puede ser. Hay jornadas que te dejan sin energía y no necesitas justificarte. Pero otras veces resulta curioso que ese agotamiento aparezca justo cuando toca ponerse las zapatillas. Cinco minutos antes estabas valorando si mover el sofá para ver cómo quedaría el salón. Ahora necesitas asistencia para alcanzar el mando. Un amigo propone salir a tomar una cerveza y experimentas una recuperación que merece ser presentada en un congreso de medicina deportiva.



Seguna excusa: Hace un tiempo horrible

En invierno hace frío. En verano hace calor. En primavera hay polen y en otoño anochece pronto. Tu calendario de condiciones climatológicas aceptables para correr se reduce a un par mañanas de abril, poco más. Siempre que no haya viento, eso sí. Tienes un cortavientos que soportaría una expedición al Ártico, pero ves moverse una hoja desde la ventana y decides cancelar. Luego bajas a comprar pan en pantalón corto porque la panadería está aquí al lado.

Tercera excusa: El reloj no tiene batería

Te has vestido, has encontrado los calcetines buenos y hasta has bajado la basura para aprovechar el viaje. Entonces descubres que al reloj le queda un 3 %. Se acabó. Resulta imposible correr. Las piernas preparadas, la calle en su sitio, pero salir a correr sin registrar la actividad no los ves claro. Si no está en Strava, no cuenta.

Cuarta excusa: Acabo de comer

O acabas de merendar. O vas a cenar dentro de un rato y tampoco conviene alterar el horario. Tu digestión exige una planificación más compleja que un vuelo transoceánico. Hay una estrecha ventana para entrenar entre las 18.42 y las 18.49, pero hoy te has tomado una almendra a las seis y prefieres ser prudente. Eso sí, durante una carrera eres capaz de beber, tomarte cuatro geles un geles y medio litro del agua d ellos pepinillos para que no te enrren rampas.

Quinta excusa: Hoy toca escuchar al cuerpo

Por supuesto. El problema es que a veces lo escuchamos con un intérprete bastante interesado. El cuerpo dice “qué a gusto estoy sentado” y nosotros traducimos “necesito recuperar”. Cuando hay dolor, enfermedad o fatiga real, toca hacer caso. Pero también conviene reconocer esa otra molestia que aparece al mirar el entrenamiento: la pereza. Suele localizarse entre el sofá y el zapatero y mejora mucho cuando alguien propone un plan diferente.

Sexta excusa: Me da pereza salir para correr solo media hora

Para ti, entrenar exige una ceremonia: elegir conjunto, cargar el reloj, comprobar el recorrido, preparar la bebida y decidir qué zapatillas encajan mejor con el estado del asfalto. Cuando acabas, podrías haber vuelto de correr. Pero media hora te parece poca cosa y decides esperar a disponer de una tarde completa. Llevas buscando esa tarde desde febrero. Las zapatillas ya están preguntando si las has comprado para decorar.

Séptima excusa: Hoy juega mi equipo

Ayer jugaba el rival y había que verlo por si perdía. Mañana hay Champions. El jueves, un partido europeo de un equipo al que acabas de descubrirle una conexión emocional porque jugó allí un primo de tu vecino. Siempre hay algo. Si hace falta, terminas siguiendo una semifinal de curling con la intensidad de quien lleva toda la vida preocupado por el estado del hielo. Lo que sea con tal de no salir.

Octava excusa: No encuentro a nadie para entrenar

Has enviado un mensaje al grupo y nadie puede. Uno trabaja, otro tiene niños y el tercero te ha dicho que sale a las siete de la mañana, una propuesta que consideras directamente ofensiva. Así que cancelas. Necesitas compañía para correr cuarenta minutos, aunque luego eres perfectamente capaz de pasar dos horas a solas mirando Instagram en el móvil. En esa disciplina tienes una autonomía extraordinaria.

Novena excusa: Es que no mejoro

Has cambiado de zapatillas, de reloj, de calcetines y de aplicación. Has probado tres planes y guardado diecisiete consejos sobre cómo correr más rápido. Lo que no has podido probar todavía es entrenar con cierta continuidad. Pero sospechas del material. Quizá te falte algo más reactivo. O una espuma nueva. O ese modelo que cuesta tanto que dinero que debería bajar marcas por sí solo.

Décima excusa: Mañana salgo seguro

Esta es mi favorita porque, durante unos segundos, te hace sentir disciplinado sin haberte movido. Mañana madrugo. Mañana me organizo. Mañana dejo la ropa preparada y salgo antes de que surja cualquier imprevisto. Lo tienes clarísimo. Hasta pones la alarma. A la mañana siguiente suena, sacas un brazo de la cama y descubres que hace fresco. Apagas el despertador. Tampoco conviene precipitarse: por la tarde seguro que encuentras un rato.

Y aquí sigo, escribiendo las excusas del corredor… para no correr.

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